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La rutina de la vida diaria y la banalidad del
mundo tal como nos lo presentan los medios de comunicación, nos
rodean de una atmósfera reconfortante en la que todo deja de tener
verdadera importancia. Nos tapamos los ojos; nos obligamos a no pensar
en el paso de nuestros tiempos, que velozmente deja atrás nuestro
pasado conocido, que borra formas de ser y de vivir que aún están
frescas en nuestra mente y emplasta nuestro futuro en un horizonte opaco
cargado de densas nubes y miasmas. Dependemos aún más que
nunca de la garantía de que nada está asegurado. La desintegración
de una de ellas ha desestabilizado el equilibrio de las dos "superpotencias"
de ayer, que durante tanto tiempo se apuntalaron la una a la otra. Los
países de la antigua Unión Soviética y de Europa
del este se han visto arrastradas a un drama sin solución aparente.
Los Estados Unidos, por su parte, no se han salvado de las violentas turbulencias
de la civilización, como hemos visto en Los Ángeles. Los
países del Tercer Mundo aún no se han sacudido la parálisis
de encima: África, en especial, está estancada en un atroz
tiempo muerto. Los desastres ecológicos, el hambre, el desempleo,
el aumento del racismo y la xenofobia plagan, como tantas otras amenazas
este fin de milenio. Al mismo tiempo, la ciencia y la tecnología
han evolucionado a una extrema velocidad, facilitando al hombre los medios
para resolver prácticamente todos sus problemas materiales. Pero
la humanidad no ha sacado partido de estos medios, y sigue perpleja, impotente
ante los retos a los que se enfrenta. Contribuye pasivamente a la contaminación
del agua y del aire, a la destrucción de los bosques, al cambio
climático, a la desaparición de una gran cantidad de especies,
al empobrecimiento del capital genético de la biosfera, a la destrucción
de los paisajes naturales, a la asfixia en que viven sus ciudades y al
progresivo abandono de los valores culturales y de las referencias morales
acerca de la solidaridad y la fraternidad... La humanidad parece haber
perdido la cabeza o, más específicamente, la cabeza ya no
trabaja en sintonía con el cuerpo. ¿Cómo puede la
humanidad encontrar la brújula para reorientarse dentro de una
modernidad cuya complejidad le sobrecoge?
Meditar sobre esta complejidad, renunciar, en particular, al enfoque
reductivo del cientificismo cuando lo que hace falta es cuestionar sus
prejuicios e intereses a corto plazo: esta es la perspectiva necesaria
para entrar en esa era que he definido como "post-media", en
un momento en el que todas las grandes revoluciones contemporáneas,
positivas y negativas están siendo juzgadas de acuerdo con la información
que se filtra por la industria de los medios de masas, que retiene sólo
una descripción del evento [le petit coté événementiel]
y nunca plantea lo que está en juego en toda su complejidad.
Es cierto que es difícil conseguir que las personas salgan
de sí mismas, se olviden de sus preocupaciones más inmediatas
y reflexionen sobre el presente y el futuro del mundo. Le faltan motivaciones
colectivas para hacerlo. Casi todos los medios antiguos de comunicación,
de reflexión y de diálogo se han disuelto en favor de un
individualismo y una soledad a menudo equiparables a ansiedad y neurosis.
Por eso yo abogo por la invención -bajo los auspicios de una nueva
confluencia de la ecología medioambiental, la ecología social
y la ecología mental- de un nuevo montaje colectivo de enunciados
en lo que se refiere a la familia, al colegio, al barrio, etc...
El funcionamiento de los medios de masas actuales, y de la televisión
en particular, es contraria a esta perspectiva. El telespectador permanece
pasivo frente a la pantalla, preso de un relación semihipnótica,
aislado del otro, vacío de consciencia de responsabilidad.
Sin embargo, esta situación no ha de durar indefinidamente.
La evolución tecnológica introducirá nuevas posibilidades
de interacción entre el medio y su usuario y entre los usuarios
mismos. La confluencia de la pantalla audiovisual, la pantalla telemática
y la pantalla de ordenador podría llevar a una auténtica
revigorización de una inteligencia y una sensibilidad colectivas.
La ecuación que rige actualmente (medios=pasividad) puede desaparecer
más rápidamente de lo que pensamos. Evidentemente, no podemos
esperar un milagro de estas tecnologías: todo dependerá,
en último instancia, de la capacidad de los grupos de gente para
hacerse con ellos y aplicarlos a fines apropiados.
La constitución de grandes mercados económicos y espacios
políticos homogéneos, del tipo en que se están convirtiendo
Europa y occidente, tendrá, de modo similar, un impacto en nuestra
forma de ver el mundo. Pero estos factores gravitan en direcciones opuestas,
de tal modo que el resultado dependerá de la evolución de
las relaciones de poder entre los distintos grupos sociales, que, debemos
tener en cuenta, aún no se han definido. A medida que se acentúa
el antagonismo industrial y económico entre los Estados Unidos,
Japón y Europa, la disminución en los costes de producción,
la evolución de la productividad y la conquista del "mercado
de valores" serán objetivos cada vez más elevados,
que producirán un aumento en el desempleo estructural y un dualismo
social cada vez más acentuado en las ciudadelas capitalistas. Esto
sin mencionar su ruptura con el Tercer Mundo, que dará un giro
cada vez más violento y trágico como consecuencia del crecimiento
de la población.
Por otra parte, el asentamiento de estos grandes ejes de poder sin
duda contribuirá a que se instituya una regulación -podríamos
llamarla "orden planetario"- de naturaleza geopolítica
y ecológica. Al favorecer la aplicación de grandes cantidades
de recursos para fines de investigación o programas humanitarios
y ecológicos, la presencia de estos ejes podría desempeñar
un papel determinante en el futuro de la humanidad. Pero a la vez sería
inmoral y poco realista aceptar que la actual, casi maniquea división
entre ricos y pobres, débiles y poderosos, crecerá indefinidamente.
Desgraciadamente fue desde esta perspectiva desde la que, sin duda sin
darse cuenta, los firmantes del llamado Heidelberg Appeal (presentado
en la conferencia de Río) promulgaron la idea de que todas las
decisiones fundamentales de la humanidad en cuestión de ecología
deben depender de las iniciativas de las élites científicas
(véase, en Le Monde Diplomatique, la editorial de Ignacio Ramonet,
de julio de 1992, y el artículo de Jean-Marc Lévy-Leblond,
de agosto de 1992). Este es el resultado de una increíble miopía
cientificista. En efecto, ¿Cómo podemos no darnos cuenta
de que una parte esencial de los riesgos ecológicos que corre el
planeta surgen de esa división en la subjetividad colectiva entre
ricos y pobres? Los científicos deben encontrar su lugar dentro
de una nueva democracia internacional que ellos mismos deben promover.
¡Y con esto no pretendo avivar ese mito del científico omnipotente
que les impulsa por el camino!
¿Cómo podemos volver a conectar la cabeza y el cuerpo?
¿Cómo podemos combinar la ciencia y la tecnología
con los valores humanos? ¿Cómo podemos ponernos de acuerdo
sobre proyectos comunes respetando a la vez la singularidad de las posturas
individuales? En el actual clima de impasividad, ¿con qué
medios podemos provocar un despertar de las masas, un nuevo renacimiento?
¿Será el temor a una catástrofe provocación
suficiente? Los accidentes ecológicos como el de Chernobyl, sin
duda han provocado una reacción de la opinión pública.
Pero no es sólo cuestión de blandir amenazas; es necesario
avanzar hacia logros de orden práctico. También hay que
tener en cuenta que el miedo en sí puede ejercer poder de fascinación.
El presentimiento de una catástrofe puede despertar el deseo subconsciente
de que ésta se produzca, el anhelo de la nada, el instinto de destruir.
Fue así como durante el nazismo las masas de alemanes vivieron
atrapadas en la fantasía del fin del mundo asociada a una redención
mítica de la humanidad. El énfasis debe estar, sobre todo,
en la reconstrucción de un diálogo colectivo capaz de producir
prácticas innovadoras. Sin un cambio de mentalidad, sin entrar
en la era postmedia, no puede haber un control duradero del entorno. Sin
embargo, sin modificaciones en el entorno social y material, no puede
haber un cambio en las mentalidades. Nos encontramos ante un círculo
que me lleva a postular la necesidad de fundar una "ecosofía"
que enlace la ecología medioambiental con la ecología social
y mental.
Desde esta perspectiva ecosófica, no se plantearía
la posibilidad de reconstruir una ideología hegemónica,
como lo fueron las principales religiones y el marxismo. Es absurdo, por
ejemplo, que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial defiendan
la propagación de un único modelo de crecimiento para el
tercer mundo. África, América Latina y Asia deben poder
seguir diferentes caminos socioculturales hacia el desarrollo.
El mercado mundial no tiene que dirigir la producción de
todos los grupos humanos en nombre del crecimiento universal. El crecimiento
capitalista no deja de ser puramente cuantitativo, mientras que un crecimiento
complejo se ocuparía esencialmente de lo cualitativo. No es ni
la hegemonía del Estado (como aparece en el socialismo burocrático)
ni la del mercado mundial (bajo la bandera de las ideologías neo
liberales) la que debe dictar el futuro de las actividades humanas y sus
objetivos esenciales. Es, por tanto, necesario poner en marcha un diálogo
planetario y promover una nueva ética de la diferencia que sustituya
los poderes capitalistas actuales por una política basada en los
deseos de las personas. Pero, ¿no nos llevaría esto al caos?
A esta pregunta mi respuesta sería que la trascendencia del poder
ya lleva, en todo caso, al caos, como demuestra la crisis actual. ¡En
todo caso, el caos democrático es mejor que el caos producto del
autoritarismo!
Ni el individuo ni el grupo pueden evitar un salto existencial al
caos. Esto es lo que hacemos cada noche al vagar al mundo de los sueños.
La pregunta fundamental es saber qué ganamos con este salto: ¿un
sentimiento de desastre o el descubrimiento de nuevos contornos de lo
posible? ¿Quién controla el caos capitalista actual? ¡El
mercado de valores, las multinacionales y, en menor grado. los poderes
del Estado! ¿En su mayor parte, organizaciones descerebradas! La
existencia de un mercado mundial es sin duda indispensable para la estructuración
de las relaciones económicas internacionales. Pero no podemos esperar
que este mercado milagrosamente regule el intercambio entre seres humanos
en este planeta. El mercado inmobiliario contribuye al desorden en nuestras
ciudades. El mercado del arte pervierte la creación estética.
Es por tanto de esencial importancia que, junto con el mercado capitalista,
aparezcan mercados territorializados que dependan del apoyo de formaciones
substanciales, que reafirmen su modelo de valorización. Del caos
capitalista debe surgir lo que yo llamo los "imanes" de valores:
valores diversos, heterogéneos y disensuales [dissensuelle].
Los marxistas basaron el movimiento histórico en la necesidad
de una progresión dialéctica fundamental de la lucha de
clases. Los economistas liberales confían ciegamente en que el
mercado libre resolverá las tensiones y las diferencias y dará
lugar al mejor de los mundos. Y sin embargo, los hechos confirman (si
es que hacen falta pruebas) que el progreso no está mecánica
ni dialécticamente relacionado con la lucha de clases, con el desarrollo
de la ciencia y la tecnología, con el crecimiento económico
ni con el mercado libre... Crecimiento no es sinónimo de progreso,
como demuestra cruelmente el bárbaro resurgir de enfrentamientos
sociales y urbanos, de conflictos interraciales y tensiones económicas
mundiales.
El progreso social y moral no se puede disociar de las prácticas
colectivas e individuales que le anteceden. El nazismo y el fascismo no
fueron males temporales, no fueron accidentes históricos que con
el tiempo se superaron. Constituyen potencialidades que siempre están
presentes; siguen poblando nuestro universo virtual: el estalinismo de
los gulags, el despotismo maoísta, todo esto puede reaparecer mañana
en nuevos contextos. Un microfascismo de varias caras prolifera en nuestras
sociedades y se manifiesta en el racismo, la xenofobia, la fiebre del
fundamentalismo religioso, el militarismo, la opresión de la mujer.
La historia no garantiza el tránsito irreversible por las "fronteras
progresivas". Sólo las prácticas humanas -el voluntarismo
colectivo- pueden protegernos de caer en aún peores barbaridades.
En este sentido, sería completamente ilusorio ponernos en manos
de los imperativos formales para la defensa de los "derechos del
hombre" o de los "derechos de las gentes". Los derechos
no los garantiza una autoridad divina, dependen de la vitalidad de las
instituciones y formaciones de poder que alimentan su existencia.
Una condición fundamental para conseguir fomentar con éxito
una nueva conciencia planetaria se apoyaría, por tanto, en nuestra
capacidad colectiva para la creación de sistemas de valores que
se escapen de la laminación moral, psicológica y social
de la valorización capitalista, que sólo está enfocada
al beneficio económico. La alegría de vivir, la solidaridad
y la compasión hacia otros son sentimientos que están al
borde de la extinción y deben ser protegidos, reavivados e impulsados
en nuevas direcciones. Los valores éticos y estéticos no
nacen de los imperativos ni de los códigos trascendentales. Exigen
una participación existencial basada en una inmanencia que debe
reconquistarse continuamente. ¿Cómo creamos o expandimos
un universo de valores de estas características? Desde luego no
renunciando a las lecciones morales.
El poder de sugestión de la teoría de la información
ha contribuido a ocultar la importancia de las dimensiones enunciativas
de la comunicación. Nos lleva a olvidarnos de que, para que un
mensaje tenga significado, debe ser recibido, no sólo transmitido.
La información no se puede reducir a sus manifestaciones objetivas,
es esencialmente, la producción de subjetividad, el proceso en
que los universos incorpóreos adquieren consistencia [prise de
consistance]. Estos elementos no pueden ser reducidos a un análisis
en términos de improbabilidad ni calculados sobre la base de las
elecciones binarias. La verdad de la información hace referencia
a un acontecimiento existencial que tiene lugar dentro de quienes la reciben.
Su registro no es de datos exactos, sino de la importancia de un problema,
de la consistencia de un universo de valores. La actual crisis de los
medios y la entrada en una era postmedia son los síntomas de una
crisis mucho más profunda.
Lo que quiero subrayar es el carácter fundamentalmente pluralista,
plurinuclear y heterogéneo de la subjetividad contemporánea,
a pesar de la homogeneización a la que está sometida por
parte de los medios de masas. En este sentido, una persona ya constituye
un "colectivo" de componentes heterogéneos. Un fenómeno
subjetivo hace referencia a territorios personales (el cuerpo, el ser)
pero, al mismo tiempo, a territorios colectivos (la familia, la comunidad,
el grupo étnico). Y a eso deben añadírsele todos
los procesos de subjetivación encarnados en el habla, la escritura,
la informática y la tecnología.
En las sociedades precapitalistas, la iniciación a las cosas
de la vida y a los misterios del mundo se transmitía a través
de las relaciones entre miembros de la familia, de la misma generación,
de clanes, de gremios, a través de relaciones rituales, etc...
Este tipo de intercambio directo entre individuos se ha ido haciendo cada
vez menos frecuente. La subjetividad se forja a través de mediaciones
múltiples, mientras que las relaciones individuales entre generaciones,
sexos y grupos afines se ha debilitado. Por ejemplo, el papel desempeñado
por los abuelos como fuente de memoria intergeneracional para los niños
en muchos casos ha desaparecido. El niño se desarrolla a la sombra
de la televisión, de los juegos de ordenador, de las telecomunicaciones,
de los cómics... Esta naciendo una nueva soledad de la máquina
que, sin estar exenta de mérito, debe transformarse continuamente
para adaptarse a los renovados patrones sociales. Más que de relaciones
de oposición se trata de forjar un enramado polifónico entre
el individuo y lo social. Aún está por componer de este
modo una música subjetiva.
La nueva conciencia planetaria deberá replantearse el maquinismo.
A menudo seguimos considerando la máquina y el espíritu
humano como términos opuestos. Algunos filósofos mantienen
que la tecnología moderna nos ha cerrado el acceso a nuestros cimientos
ontológicos, a nuestro ser primordial. ¿Y si, por el contrario,
una vuelta al espíritu y a los valores humanos fuera de la mano
de una nueva alianza con las máquinas?
Los biólogos asocian la vida con un nuevo enfoque al maquinismo
relacionado con la célula y los órganos del cuerpo, los
lingüistas, los matemáticos y los sociólogos exploran
otras modalidades de maquinismo. Ampliando así el concepto de máquina,
subrayamos algunos de sus aspectos, hasta la fecha poco analizados. Las
máquinas no son totalidades encerradas en sí mismas. Mantienen
relaciones determinadas con una exterioridad espacio temporal, así
como con universos de signos y campos de virtualidad. La relación
entre el interior y el exterior de un sistema mecánico no es sólo
el resultado del consumo de energía, de la producción de
un objeto: se manifiesta igualmente a través de filos (phylums)(2)
genéticos. Una máquina sale a la superficie del presente
como culminación de una estirpe anterior, y es el punto de partida
o de ruptura desde el que se desarrollará una estirpe evolucionaría
en el futuro. Explicar cómo surgen estas genealogías y campos
de alteridad es complejo. Están continuamente siendo transformadas
por las fuerzas creativas de las ciencias, las artes, las transformaciones
sociales, que se entrelazan y constituyen una mecanoesfera que rodea nuestra
bioesfera -no como el yugo restrictivo de una armadura externa, sino como
eflorescencia mecánica abstracta que explora el futuro de la humanidad.
La vida del ser humano se sacrifica, por ejemplo, en una carrera
contra el retrovirus del sida. Las ciencias biológicas y la tecnología
médica deberán ganar la batalla contra esta enfermedad o,
al final, la especie humana será eliminada. De modo similar, la
inteligencia y la sensibilidad han sufrido una mutación total como
resultado de la nueva tecnología informática, que se infiltra
cada vez más en las fuerzas motivadoras de la sensibilidad, de
los actos y de la inteligencia. Actualmente estamos siendo testigos de
una mutación de la subjetividad que quizás sobrepase en
importancia a la invención de la escritura o de la imprenta.
La humanidad debe someterse al matrimonio entre la razón,
el sentimiento y las múltiples manifestaciones del maquinismo,
o se arriesga a sumirse en el caos. Una renovación de la democracia
podría tener como objetivo una gestión pluralista de sus
componentes maquinistas. De esta manera, la justicia y la legislación
forjarían nuevos vínculos con el mundo de la tecnología
y la investigación (este ya es el caso con las comisiones que investigan
los problemas éticos surgidos de la biología y la medicina
contemporánea, pero debemos también crear comisiones que
investiguen el aspecto ético de los medios, del urbanismo, de la
educación). Es necesario, en suma, delinear de nuevo las auténticas
entidades existenciales de nuestra época, que ya no se corresponden
con los que existían hace tan solo unas pocas décadas. Lo
individual, lo social y lo mecánico se superponen, al igual que
la justicia, la ética, la estética y la política.
Se está produciendo un importante cambio en los objetivos: valores
como la resingularización de la existencia, la responsabilidad
ecológica y la creatividad mecánica están siendo
llamadas a constituir el centro de una nueva polaridad progresiva que
sustituya la antigua dicotomía derecha-izquierda.
La maquinaria de producción que se encuentra en la base de
la economía mundial comulga de manera nunca vista con las llamadas
industrias líder. No tiene en cuenta los otros sectores que caen
a la cuneta porque no generan beneficios de capital. La democracia de
las máquinas tendrá que volver a equilibrar los actuales
sistemas de valorización. Producir una ciudad limpia, habitable,
animada, plena de interacción social, desarrollar una medicina
humana y efectiva y una educación enriquecedora son objetivos tan
dignos como los de la línea de producción de automóviles
o los de un equipo electrónico de alto rendimiento.
Las máquinas de hoy en día - tecnológicas,
científicas, sociales - son capaces potencialmente de alimentar,
vestir, transportar y educar a todos los seres humanos: los medios están
disponibles, a nuestro alcance, para mantener con vida a los 10 billones
de habitantes de este planeta. Son los sistemas de motivación para
la producción y distribución justa de productos los que
no dan la talla. La participación en la consecución de un
bienestar material y moral, en una ecología social y mental, debería
valorarse al mismo nivel que el trabajo en sectores líder o en
especulación financiera.
La naturaleza misma del trabajo es la que ha cambiado como resultado
de la prevalencia, siempre en aumento, de los aspectos no materiales de
su fórmula: conocimiento, deseo, gusto estético, preocupaciones
ecologistas. La actividad física y mental del hombre se encuentra
cada vez unida a los aparatos técnicos, informáticos y de
comunicación. En este sentido, las concepciones de Ford o Taylor
sobre cómo organizar los centros industriales y sobre la ergonomía
han sido superados. En el futuro será cada vez más necesario
apelar a la iniciativa individual y colectiva, en todas las fases de producción
y distribución (e incluso de consumo). La constitución de
un nuevo paisaje de articulación colectiva del trabajo - en particular
el que resulta del papel predominante de la telemática, la informática
y la robótica - pondrá en tela de juicio las antiguas estructuras
jerárquicas y, como consecuencia, llamará a una revisión
de las actuales normas salariales.
Reflexionemos acerca de la crisis agrícola que se vive en
los países desarrollados. Es legítimo que los mercados agrícolas
se abran al tercer mundo, donde las condiciones climáticas y de
productividad son a menudo más aptas para la producción
agrícola que las de los países situados más al norte.
Pero, ¿significa esto que los agricultores americanos, europeos
y japoneses deban abandonar el campo y migrar a las ciudades? Por el contrario,
es necesario redefinir la agricultura y la ganadería en estos países
con el fin de valorar adecuadamente sus aspectos ecológicos y conservar
el medioambiente. Bosques, montañas, ríos, costas, todo
ello constituye un capital no capitalista, una inversión cualitativa
que debe aportar un beneficio y debe volver a valorizarse continuamente,
lo que implica, en particular, un replanteamiento radical de la posición
que ocupan el agricultor y el pescador.
Lo mismo ocurre con las tareas domésticas: será necesario
que los hombres y mujeres responsables de criar a los hijos –una
tarea que no deja de complicarse cada vez más- reciban una remuneración
adecuada. En general, una serie de actividades "privadas" empezarían
a ocupar su puesto en el nuevo sistema de valorización económica
que tendría en cuenta la diversidad y la heterogeneidad de las
actividades de una utilidad social, estética o éticamente.
Para hacer posible un crecimiento de la clase asalariada que contemple
el gran número de actividades sociales que están pendientes
de ser valoradas, los economistas deberán quizás concebir
una renovación de los sistemas monetarios actuales y de los sistemas
de salarios. La coexistencia, por ejemplo, de divisas fuertes, que participen
en el juego de la competencia económica mundial, con divisas protegidas,
que no se cambien y que se localicen en un espacio social concreto, permitiría
aliviar la pobreza extrema al distribuirse los bienes que surgen exclusivamente
de un mercado interno y haría posible la proliferación de
una gran gama de actividades sociales, actividades que de este modo perderían
su imagen de aparente marginalidad.
Una revisión tal de la división y valorización del
trabajo no implica necesariamente una disminución indefinida de
la jornada laboral, ni adelantar la edad de jubilación. Sin duda,
el maquinismo tiende a liberalizar cada vez más el "tiempo
libre". Pero, libre ¿para qué?, ¿para dedicarse
a actividades de ocio prefabricadas?, ¿para quedarse pegado a la
televisión? ¿Cuántos jubilados no se hunden en la
desesperación y la depresión tras unos cuantos meses en
su nueva situación de inactividad? Paradójicamente, una
redefinición ecosófica del trabajo iría paralela
a un aumento en el periodo vital dedicado al trabajo. Esto implicaría
una hábil separación del tiempo de trabajo dedicado al mercado
financiero, y del dedicado a una economía de valores sociales y
mentales. Nos podemos imaginar, por ejemplo, jubilaciones moduladas que
permitieran a los trabajadores, empleados y directivos que así
lo deseasen mantener algún vínculo con las actividades de
sus compañeros, especialmente con aquellas de carácter social
y cultural. ¿No es absurdo que sean rechazados abruptamente justo
cuando habían adquirido el más amplio conocimiento acerca
de su campo de trabajo y cuando podrían resultar más útiles
en el área de formación e investigación? La perspectiva
de una reorganización social y cultural de estas características
llevaría naturalmente a una nueva relación transversal entre
los ensamblajes productivos y el resto de la comunidad.
Ya se están llevando a cabo programas experimentales con este enfoque
dentro del marco de los sindicatos. En Chile, por ejemplo, se da un nuevo
sindicalismo unido orgánicamente a su entorno social. Los militantes
del "sindicalismo territorial" no sólo se ocupan de la
defensa de los trabajadores pertenecientes al sindicato, sino también
de las dificultades que viven los desempleados, las mujeres y los niños
del barrio donde operan. Estos sindicatos participan en la organización
de programas pedagógicos y culturales, y se interesan por problemas
de salud, higiene, ecología y urbanismo. (Esta expansión
del campo de competencia y de acción del trabajador no está
bien vista por las fuerzas jerárquicas de la maquinaria sindicalista
tradicional). En este país, los grupos en favor de la "ecología
de la jubilación" se dedican a la organización cultural
y relacional de los ancianos.
Es difícil, si bien fundamental, dar vuelta de hoja y olvidarnos
de los viejos sistemas de referencia basados en una ruptura de oposición
entre izquierda y derecha, socialismo y capitalismo, economía de
mercado y economía de planificación estatal… No se
trata de crear un punto de referencia "centrista", equidistante
de ambos extremos, sino de disociarse de este modelo de sistema basado
en una adhesión total, en un fundamento supuestamente científico
o en conceptos trascendentales judiciales y éticos dados a priori.
La opinión pública, ante las clases políticas, ha
desarrollado una alergia a los discursos programáticos, a los dogmas
que no toleran la diversidad de opinión. Pero, mientras el debate
público y los mecanismos de debate no han renovado sus formas de
expresión, existe un gran peligro de que se alejen cada vez más
del ejercicio de la democracia y se acerquen a la pasividad de la abstención
o al activismo de las facciones reaccionarias. Esto significa que en una
campaña política, no se trata tanto de conquistar el apoyo
masivo del público para una idea, sino de ver cómo la opinión
pública se estructura en múltiples segmentos sociales vitales.
La realidad ya no es una e indivisible. Es plural y está marcada
por líneas de posibilidad que la práctica humana puede coger
al vuelo. Además de la energía, la información y
los nuevos materiales, el deseo de escoger y asumir un riesgo se coloca
en el núcleo de los nuevos retos de la era de la máquina,
sean tecnológicos, sociales, teoréticos o estéticos.
Las "cartografías ecosóficas" que deben
ser instituidas tendrán como particularidad que no sólo
asumen las dimensiones del presente sino también las del futuro.
Se interesarán tanto por lo que la vida del ser humano en la tierra
será dentro de treinta años como por el sistema de transporte
público de dentro de tres. Estas cartografías llevan implícitas
la responsabilidad de velar por las generaciones futuras, o lo que el
filósofo Hans Jonas denomina "una ética de responsabilidad"(3).
Es inevitable que las decisiones que se hagan a largo plazo choquen con
los intereses a corto plazo. Hay que conseguir que los grupos sociales
afectados por estos problemas reflexionen sobre ellos, modifiquen sus
costumbres y sus coordenadas mentales, que adopten nuevos valores y postulen
un significado humano para las transformaciones tecnológicas del
futuro. En una palabra, negociar el presente en el nombre del futuro.
No se trata, sin embargo, de una cuestión de apoyarnos en visiones
totalitarias y autoritarias de la historia, mesianismos que, en el nombre
del paraíso o del equilibrio ecológico, pretendan gobernar
la vida de todos y cada uno de nosotros. Cada "cartografía"
representa una particular perspectiva del mundo que, aun cuando sea adoptada
por un gran número de personas, siempre contendrá un cierto
elemento de incertidumbre en su seno. Este es, en verdad, el más
precioso capital, posible simiente de una auténtica receptividad
hacia los demás. La receptividad ante la disparidad, la singularidad,
la marginalidad e incluso, la locura no surge sólo de los imperativos
de la tolerancia y la fraternidad, sino que constituye una preparación
esencial, una llamada permanente a ese orden de incertidumbre y la eliminación
de las fuerzas del caos que siempre persiguen a las estructuras dominantes,
autosuficientes que creen en su propia superioridad. Esta receptividad
revolucionaría o restauraría la dirección de estas
estructuras recargándolas con nueva potencialidad activando a través
de ellas nuevas líneas de flujo creativo.
En medio de esta situación, se debe hallar una llama de verdad,
que fulmine mi impaciencia por que los demás adopten mi punto de
vista, y mi falta de buenas intenciones cuando intento forzar a otro a
que acate mis deseos. No sólo debo aceptar esta adversidad, debo
de amarla por lo que es: debo buscarla, comunicarme con ella, sumirme
en ella, aumentarla. Me sacará de mi narcisismo, de mi ceguera
burocrática y me devolverá un sentimiento de finitud que
toda la subjetividad puerilizante de los medios de masas intenta ocultar.
La democracia ecosófica no se entregaría a lo fácil
para conseguir un acuerdo consensual: se dedicará a una metamodelación
disensual. Con ella, la responsabilidad emerge del ser para transmitir
al otro.
Sin la defensa de esta subjetividad de la diferencia, de lo atípico,
de la utopía, nuestra época podría toparse con atroces
conflictos de identidad como los que las gentes de la antigua Yugoslavia
están sufriendo. Sería inútil apelar a la moralidad
y al respeto hacia los derechos. La subjetividad desaparece en los valores
vacíos del beneficio y el poder. Rechazar la posición que
ocupan actualmente los medios, al mismo tiempo que se buscan nuevas formas
de interactividad social para una creatividad institucional y un enriquecimiento
de los valores ya sería un paso importante hacia una renovación
de las prácticas sociales.
[Traducción: Carolina Díaz]
Notas
Este artículo apareció bajo el título "Pour
une refondation des pratiques sociales" en Le Monde Diplomatique
(Oct. 1992): 26-7.
1. Unas semanas antes de su súbito fallecimiento el 29 de agosto
de 1992, Félix Guattari nos envió [a Le Monde Diplomatique]
este texto. Con el peso adicional que le confiere la triste desaparición
del autor, esta ambiciosa y amplia colección de reflexiones adquiere
en cierto modo el carácter de un testamento filosófico..
2. Los editores de Le Monde Dip. añaden aquí una nota explicativa
sobre el significado de filo (phylum): estirpe primitiva de la que surge
una serie genealógica.
3. Hans Jonas, Le Principe responsabilité. Une éthique pour
la civilisation technologique, traducido al francés por Jean Greisch
(Paris: Editions du Cerf, 1990). The Imperative of Responsibility: In
Search of an Ethics for the Technological Age, traducido por H. Jonas
and D. Herr (Chicago: University of Chicago Press, 1984).
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