estás en www.juanescu.com  
  Txomin Badiola: «SOS»  
     
 

Fracaso, incapacidad, demanda, falta de significado, una mala forma, todo esto y nada de ello se conjuga en las piezas de «SOS», la última parada de Txomin Badiola en la galería Soledad Lorenzo de Madrid.

­¿A qué se debe el grito de socorro del título?

­Una vez leí una frase de Regis Debray que decía: «¿Qué imagen de arte llegada del fondo de los tiempos no es sino un SOS?» Yo estoy de acuerdo con ello. En el arte de todos los tiempos, hasta en los pintores más aristocráticos, hay un aroma de muerte en sus obras, todo es vanitas. El arte moderno ha intentado conjurarlo sin conseguirlo. Pensemos en el Cuadrado negro sobre fondo blanco de Malevitch, tan paradigma de lo abstracto, de lo situado más allá de la vida y de la muerte, que finalmente encontró su destino al presidir la tumba de su autor. En lo que tiene toda obra de arte de residuo, de pelea del artista con los signos de la realidad ­pelea desigual­, ésta se constituye siempre como una demanda, una petición que exige la colaboración del otro.

­¿Cómo queda esto plasmado en lo que se encontrará en la galería?

­La exposición se ha planteado como una gran narración a partir de cuatro piezas. Existe entre ellas un sentimiento contradictorio de autonomía por un lado, y de pertenencia mutua por otro. La exposición permite una lectura como si cada episodio se continuase en el siguiente, y también una lectura simultánea, de manera que la forma incompleta en la que se organiza un supuesto sentido pasa por la comprensión del conjunto.

­Recurre otra vez al vídeo. ¿Supone su consolidación en el género?

­Siempre he huído de adscripciones disciplinares. Nunca me he considerado, ni fotógrafo, ni vídeo-artista, ni nada de eso. La denominacion de escultor es en la que menos incómodo me he sentido, y quizás sea así porque la escultura ha sufrido en las últimas décadas tal vaciamiento que ya todo cabe en ella. Mi primera intención era hacer una exposición de escultura, y creo que finalmente se ha conseguido. Sin embargo, fue necesario que se comenzase como un proyecto en vídeo. Creo que responde al espíritu de los tiempos el deslizamiento entre disciplinas: por mucho que uno se empeñe en hacer algo determinado, al final los procesos mandan.

­Reconoce que le gusta experimentar. ¿En qué grado continúa aquí su experimentación?

­La noción de experimento es una idea un tanto inoperante a estas alturas. Experimentar hoy tiene que ver poco con la actividad de, por ejemplo, un artista genuinamente experimental como Oteiza. En la actualidad la ausencia de un propósito, de una guía, nos obliga más a discurrir hacia donde no se sabe y por donde no se sabe. El hecho de recurrir a tal o cual disciplina no es algo que realmente se elige; estás obligado, casi en un ejercicio de supervivencia. Hay en ello un amateurismo que me parece bastante sano. Compárense si no las fotografías de los fotógrafos con las de los artistas y se verá la diferencia.

Vista de la instalación de Badiola­La inestabilidad, la alienación fueron referencias anteriores. ¿Siguen siendo temas que le preocupan?

­Supongo que cada uno vive su vida. Nunca se me ha ocurrido pensar en esas cosas como temas. Uno, de entre las muchas ficciones que representa y le representan al cabo de cada día, intenta descubrir algunos resquicios por donde algo de vida pueda colarse. El hecho de que esta circunstancia sea más o menos exitosa acaba definiendo un estilo de comportamiento. Supongo que si a usted le sugieren todas esas cosas trabajos míos será porque algo compartimos en nuestra tarea de vivir. Siempre he sido fiel a la consideración de que lo que se busca no es comunicar algo, sino con alguien. Se trata de que consigamos comunicarnos, evidenciar que vivimos un sentimiento compartido.

­Determinadas referencias icónicas podrían hacer pensar que hace política con su arte. ¿Es eso así?

­Hace política con su arte tanto el que muestra ciertos signos, como el que los oculta; el que pinta obreros machacados por la policía, como el que pinta floreros. En una realidad como la vasca, tan saturada de signos, llamémoslos políticos, para un artista interesado en los problemas de lo real y de la representación es casi imposible eludir su encuentro. De hecho constituyen un caldo de cultivo importante y la gran cantidad de artistas jóvenes de interés en el País Vasco vendría a corroborarlo. En mi caso se trata de una actividad que comencé con la serie Bañiland.

­El juego del otro (1997) estaba rodeado de melancolía; Cuatro historias...(1999), por la brutalidad. ¿Qué sentimiento recorre estas obras?

­Me resultaría difícil condensarlo en una palabra. En el catálogo apunto que la exposición trata de una demanda ­SOS­; una incapacidad ­queremos algo que sólo alcanzamos si lo desconocemos­; un fracaso ­reconocido y asumido, pero legítimo­; una falta de significado ­condición misma del significado­; una mala forma... En definitiva, vendría a ser lo mismo que decir que no trata de nada. Si al comienzo citaba a Debray, podríamos finalizar con otra frase suya: «Hay algo profundamente subversivo en no querer expresar nada».

Más links :
http://www.arte-net.org/cgi-bin/imprimir_noticias.asp?datoID=170